Andaba buscándome por aquella urbe, algo mayor que la ciudad familiar que dejé hacía menos de una semana, perdido entre calles de políticos y ministros que mi sentido confunde de época sin suponerle ninguna aberración. Todos me suenan igual, y si ese fuese un juicio que tuviera que dirimir otras cualidades de ellos, no diría mucho al favor de tanto honorable. Regresaba al piso casi periférico y me encontré con un señor algo envejecido, desocupado hasta de ocio que con seriedad me irrumpía en el hall del bloque para preguntarme si yo era fulano y si vivía en tal piso, me limité a contestar como si de la policía se tratase, para que andar discutiendo con alguien que solo tiene el rol de vecino. El motivo, tenía una carta para mí, el cartero se la dejó a él porque lo conocía de bastante tiempo y no sabía donde iba esa carta que no correspondía con el membrete del susodicho piso.
Que sorpresa. Era él. Él que ahora se ha marchado, entonces en aquella carta, me hablaba de despedida. Cómo es la vida, de una forma u otra siempre conocerás los dos lados de la moneda, antes o después. Yo también supe, una vez, lo que era despedir a alguien querido. Le contesté con las ganas del café y el calor de mi habitación, no tenía planes aquella tarde para la ciudad y tampoco para mí.
Estimado amigo:
Me ha sorprendido la rapidez de tu carta, y un poco por qué no decirlo el texto. Siento la fuerza de tus palabras, esculpidas para siempre en ese papel. Te agradezco las líneas que me ocupan en tu carta, no sabía que fuese motivo de tanta convulsión. Con respecto a mi vuelta, no se si volveré, es algo que tiene que decidir el tiempo. De alguna forma no volveré, pero tampoco tú estarás, aún así siempre he creído que algo permanece y es ahí donde nos encontraremos.
Tampoco mi despedida fue fácil, no fui capaz de mirar en horas por la ventanilla, me mantuve inmóvil, con los ojos cerrados como queriendo salir de allí. Verte en el andén y a los demás y a ella, de pie, notando como algo de mí se quedaba, y no era lo suficiente porque otra parte se marchaba inexorablemente más y más a prisa. Supe entonces lo valioso que era verte en carne y hueso, y discutir y enfadarnos y decirte hasta mañana. Os busque más allá de donde alcanzaba la vista sin conseguirlo, quise gritar para ver si llegaba el eco, pero tuve que ser, como algunos dicen cívico, -eso es lo que nos está matando-. Nada podemos hacer contra lo que nos dicta nuestra conciencia, somos más allá de nosotros, hay algo dentro que pelea por conseguir realizarse, como si fuese su misión por encima de los demás, por eso me marché. Y aquí estoy dando gracias a la despedida porque significará que siempre hay tiempo de volver a vernos, brindo cada noche con rioja y brindaré porque siempre haya un reencuentro. Sabes que por eso nunca digo adiós, sólo un tímido hasta luego que casi no suena, anhelante, porque me da miedo volver la cabeza, doblar la esquina y no saber que será verdad, que quizás no te encuentre. Soy de los que miran atrás, aunque a veces me contenga.
La despedida es ese largo abrazo que no cierras, hasta el reencuentro, es la cara y la cruz de la lágrima que cae con peso distinto y no sabe por donde caer, es un montón de cosas en la cabeza que se quedan sin decir mientras sólo se escapa un palabra de la boca, es una mirada que no parpadea, hasta ver otra vez el mismo horizonte de tu cuerpo.
Creo que siempre hay lugar para el reecuentro, en algún lugar por difícil que sea, tu lamentas que no esté, y yo recuerdo ahora que para mí no estás, pero te veré, sin embargo a otro, no lo veré jamás, al menos espero, hasta ese momento del que te hablaba. Hay de aquel que ni siquiera ha podido despedirse de quien quiere, porque le queda la conciencia de no saberse tranquilo, de no haber terminado algo por complicado que fuera más allá de lo protocolario, por eso siempre habla sólo, o busca sabiendo que no encuentra o incluso ve donde no hay nada.
Esta carta se está haciendo más complicada de la cuenta, demasiados recuerdos en mis ojos y mi falta de fuerza reclama una cena caliente. Te escribo desde la confianza que tenemos, esperando siempre ayudarte y recibir respuesta.
Un fuerte abrazo amigo.
Nunca haré mudanzas, nunca empezaré la vida, otra vez, en Octubre, es un mes nostálgico, siempre hay una gota de agua en cada hoja que cae y pisa el autobús que pasa tarde por la avenida mojada, mientras la ventana o el cielo se cubren de vaho, los niños juegan en los charcos y los paraguas los dobla el viento. Dicen que es un mes bueno para los escritores, porque les inspira.

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